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Mujeres, territorio y cuidado de la vida: repensar el poder en la conservación

Actualizado: 10 mar

Hablar del desarrollo de las mujeres en el ámbito ambiental implica mirar más allá de la naturaleza como objeto de estudio o un paisaje. Implica preguntarnos también cómo funcionan nuestras organizaciones o espacios, quién toma decisiones, qué voces son escuchadas, cómo se manejan los conflictos y qué experiencias quedan invisibilizadas.


Después de años trabajando en el campo de la conservación, he aprendido algo que rara vez aparece en los manuales o en los informes técnicos: conservar la naturaleza no es solo una tarea científica o de gestión. Es también un trabajo profundamente humano, atravesado por relaciones, expectativas sociales y estructuras de poder que condiciona a quién participa, a quién lidera y a quién queda al margen.


La conservación de la naturaleza suele presentarse como una causa universal, un objetivo compartido que trasciende diferencias. Sin embargo, detrás de esa narrativa aparece una pregunta incómoda que rara vez se formula con claridad: ¿quién decide sobre la naturaleza y desde qué posiciones de poder?


En el campo ambiental —como en muchos otros— las jerarquías de género, las culturas laborales históricamente masculinizadas y la distribución desigual del trabajo de cuidados continúan influyendo en quién determina los conocimientos, quién lidera proyectos y quién define prioridades. Estas dinámicas no siempre son explícitas. Muchas veces operan de manera silenciosa, a través de normas informales, expectativas sociales o trayectorias laborales que parecen neutrales pero que, en la práctica, no lo son.


Reconocer estas estructuras no es un ejercicio teórico. Es una condición necesaria para construir formas de cuidado del territorio más justas, inclusivas y efectivas.



Las desigualdades también atraviesan la conservación


En las últimas décadas, la participación de las mujeres en la gestión ambiental o de la conservación ha crecido de manera significativa. Sin embargo, esta presencia no siempre se refleja en los espacios donde se toman las decisiones.

Según datos de UNESCO, solo alrededor del 33% de las personas que investigan en el mundo son mujeres. En áreas vinculadas a la conservación y la gestión ambiental, la brecha se amplía especialmente en posiciones de liderazgo, donde los hombres continúan ocupando la mayoría de los cargos directivos.

Diversos estudios publicados en la revista científica BioScience muestran que en organizaciones internacionales de conservación menos del 30% de los puestos de liderazgo están ocupados por mujeres, a pesar de que en muchas carreras ambientales ellas representan cerca de la mitad del estudiantado.


En la práctica cotidiana, estas desigualdades no siempre aparecen como conflictos abiertos o decisiones explícitas. Muchas veces se manifiestan de formas más sutiles: oportunidades que no llegan, redes profesionales que se construyen en espacios informales donde no todas las personas participan, o procesos de toma de decisiones donde ciertas voces quedan sistemáticamente postergadas.

En mi propia trayectoria profesional estas dinámicas se hicieron evidentes desde el comienzo. En uno de mis primeros destinos como guardaparque, al llegar al parque nacional donde debía incorporarme, el encargado me recibió con una frase que aún resuena con claridad: “las mujeres y los discapacitados no tienen mucho que hacer aquí”.

Aquellas palabras no fueron un episodio aislado, sino una expresión directa de una cultura laboral que durante décadas consideró ciertos territorios y tareas como espacios exclusivamente masculinos.

Estas desigualdades no responden únicamente a decisiones individuales. Como explica la socióloga australiana Raewyn Connell, muchas organizaciones modernas han sido históricamente estructuradas en torno a modelos de masculinidad hegemónica, donde el liderazgo se asocia a la competencia permanente, la disponibilidad total y trayectorias laborales lineales.


Estas expectativas ignoran que las personas no parten de las mismas condiciones sociales y que el cuidado sigue estando distribuido de manera profundamente desigual.


El peso invisible del cuidado


Uno de los factores más determinantes en estas desigualdades es la distribución del trabajo de cuidados. Según datos de ONU Mujeres, las mujeres realizan aproximadamente el 75% del trabajo de cuidados no remunerado a nivel global. Esto incluye tareas domésticas, cuidado de niñas y niños, personas mayores y otras responsabilidades familiares.

En carreras vinculadas a la investigación o la gestión ambiental —que muchas veces implican trabajo de campo, movilidad geográfica o jornadas extendidas— esta desigualdad tiene consecuencias concretas. Puede traducirse en menor disponibilidad para participar en redes profesionales, menos oportunidades de liderazgo o trayectorias laborales más fragmentadas.

En muchos equipos de conservación esta tensión aparece de forma cotidiana. El trabajo de campo, los viajes prolongados o la lógica de proyectos que demandan disponibilidad constante suelen chocar con responsabilidades de cuidado que continúan recayendo mayoritariamente en las mujeres. No siempre se habla de esto en los espacios institucionales, pero forma parte de la experiencia profesional de muchas colegas.


La economista feminista Nancy Folbre describe este fenómeno como la “economía invisible del cuidado”: un sistema que sostiene a las organizaciones y a las economías, pero que rara vez es reconocido en las estructuras institucionales.


Culturas laborales que reproducen desigualdades


Las desigualdades de género no se limitan a la distribución del tiempo. También se expresan en las culturas organizacionales.

En muchos espacios vinculados a la ciencia y la conservación persisten normas informales que valoran la hiperdisponibilidad laboral, estilos de liderazgo altamente competitivos y redes de poder construidas históricamente entre pares masculinos.

Estas dinámicas pueden parecer neutrales, pero en la práctica favorecen a quienes ya están mejor posicionados dentro del sistema.


En mi experiencia profesional, muchas de estas dinámicas no se sostienen necesariamente por mala intención. Más bien responden a una forma de inercia institucional: las organizaciones replican estructuras de trabajo que aprendieron hace décadas, sin detenerse demasiado a pensar a quién incluyen y a quién dejan fuera en el camino.

Hubo momentos en que estas estructuras se volvieron especialmente visibles. En otra etapa de mi trabajo en áreas protegidas, tras vivir reiteradas situaciones de abuso laboral y maltrato por parte de un encargado de área, llegué enferma a caballo hasta el puesto de un colega guardaparque para pedir ayuda. La respuesta fue una puerta cerrada frente a mí, mientras él y su esposa permanecían del otro lado.

Episodios como ese muestran que las desigualdades no solo se sostienen por jerarquías formales. También se reproducen a través de silencios, omisiones y redes de lealtad que terminan protegiendo estructuras de poder antes que a las personas.


La investigadora Joan Acker conceptualizó este fenómeno como “organizaciones generizadas”, estructuras donde las reglas formales e informales reproducen desigualdades de género incluso cuando no hay discriminación explícita.


Repensar las masculinidades en la conservación


Hablar de género en la conservación no significa hablar solamente de mujeres. También implica analizar cómo se construyen los modelos de liderazgo y poder dentro de las organizaciones.

Los estudios sobre masculinidades desarrollados por investigadores como Michael Kimmel y Connell muestran que muchos hombres también enfrentan presiones para ajustarse a modelos de desempeño asociados con la autosuficiencia, la competencia permanente y la negación del cuidado.

Cuando estos modelos se vuelven la norma institucional, generan culturas laborales menos inclusivas para todas las personas.


Incorporar una perspectiva de masculinidades permite cuestionar estos patrones, ampliar las formas de ejercer liderazgo y promover culturas organizacionales más colaborativas.

No se trata solo de equidad. Distintas investigaciones muestran que los equipos diversos toman mejores decisiones y generan soluciones más innovadoras, algo especialmente relevante en desafíos complejos como la conservación de la sociobiodiversidad.


La conservación también es una cuestión de poder


Durante años, el trabajo por la conservación ha sido presentado como una tarea técnica centrada en la protección de especies o ecosistemas. Sin embargo, cada vez es más claro que también está profundamente atravesada por dimensiones sociales y políticas.


La antropóloga argentina Rita Segato ha señalado que el patriarcado no solo organiza relaciones de dominación sobre las mujeres, sino que también establece jerarquías entre los propios hombres, donde el poder se valida a través de redes de reconocimiento entre pares.

Estas dinámicas también se reproducen dentro de las organizaciones ambientales.


En mi propia experiencia, incluso al buscar apoyo fuera de las estructuras institucionales, estas barreras se hicieron visibles. En un momento particularmente difícil, pedí ayuda a mujeres científicas que hoy lideran organizaciones internacionales de conservación, solicitando apoyo para poder permanecer en una ciudad cercana mientras realizaba estudios médicos y me resguardaba de una situación de violencia laboral. La respuesta que recibí fue que se trataba de “cuestiones personales” que debía resolver por mi cuenta.

Este tipo de respuestas no necesariamente nace de la indiferencia individual. Más bien refleja hasta qué punto las organizaciones ambientales —incluso aquellas comprometidas con el cuidado de la vida— siguen teniendo dificultades para reconocer cómo las relaciones de poder y las violencias estructurales afectan a quienes trabajan dentro de ellas.

Por eso, hablar de conservación hoy implica reconocer que los territorios no son únicamente espacios ecológicos. Son también espacios sociales, culturales y políticos donde se definen formas de vida, relaciones de poder y posibilidades de futuro.

En ese contexto, la sociobiodiversidad —la profunda interrelación entre diversidad biológica y diversidad cultural— nos recuerda que proteger la naturaleza también requiere fortalecer relaciones humanas más justas.


Cuidar la naturaleza también implica revisar cómo nos relacionamos


Muchas mujeres que trabajan en conservación describen su trayectoria profesional como un camino de aprendizaje, compromiso y vocación. Pero también como un recorrido atravesado por desafíos que no siempre son visibles.

Desplegar una carrera en estos ámbitos —y hacerlo al mismo tiempo que se sostienen múltiples responsabilidades de cuidado— implica navegar tensiones cotidianas que muchas veces quedan fuera de las narrativas institucionales.

Reconocer estas experiencias no busca victimizar ni romantizar los esfuerzos individuales. Busca, más bien, hacer visibles estructuras que siguen condicionando las oportunidades de desarrollo profesional.

Como recuerda la filósofa ambiental Vandana Shiva, “la diversidad es una condición fundamental para la resiliencia de la vida”. Lo mismo ocurre con nuestras organizaciones: cuanto más diversas son las voces que participan en la toma de decisiones, más capaces somos de comprender la complejidad de los territorios que buscamos proteger.


Un llamado a la acción


Cuidar la naturaleza implica también cuidar las relaciones humanas que sostienen ese trabajo.

Si las decisiones sobre los territorios continúan concentradas en estructuras de poder desiguales, las soluciones seguirán siendo parciales. Incorporar una perspectiva de género —incluyendo el análisis de masculinidades— permite ampliar las voces que participan en la gestión ambiental y reconocer saberes que durante mucho tiempo han quedado invisibilizados.


La guía que acompaña este documento surge precisamente de esa inquietud: abrir conversaciones necesarias dentro del campo de la conservación.

La guía está disponible para descarga a precio simbólico, con la intención de que pueda circular entre quienes trabajan en territorio, en investigación o en organizaciones de conservación.

No pretende dar respuestas definitivas. Busca, más bien, ofrecer herramientas conceptuales y prácticas para que equipos de conservación, organizaciones ambientales y profesionales del territorio puedan reflexionar sobre estas dinámicas y transformarlas.

La guía está disponible para descarga a precio simbólico, con el objetivo de que pueda circular ampliamente entre quienes trabajan en la conservación de la sociobiodiversidad.


Porque construir espacios más justos no es un tema accesorio dentro de la conservación. Es parte fundamental de su efectividad y su futuro.

Si aspiramos a cuidar territorios vivos y diversos, también necesitamos personas y organizaciones capaces de reconocer y sostener esa diversidad.

Porque no es posible hablar de cuidado de la vida mientras ignoremos las desigualdades que atraviesan a quienes trabajan por protegerla.


Referencias bibliográficas

(formato APA)

Acker, J. (1990). Hierarchies, jobs, bodies: A theory of gendered organizations. Gender & Society, 4(2), 139–158.

Connell, R. W. (2005). Masculinities (2nd ed.). University of California Press.

Folbre, N. (2012). For love and money: Care provision in the United States. Russell Sage Foundation.

Kimmel, M. (2017). Angry white men: American masculinity at the end of an era. Nation Books.

Segato, R. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.

Shiva, V. (1989). Staying alive: Women, ecology and development. Zed Books.

UN Women. (2023). Progress on the Sustainable Development Goals: The gender snapshot. United Nations.

UNESCO. (2021). Science report: The race against time for smarter development. UNESCO Publishing.

 
 
 

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AUGUSTO Granda
08 mar
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Excelente texto

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